LEARTE

ANTONIO GONZÁLEZ SÁNCHEZ: profesor de lengua y literatura

“Lo que ha caracterizado a los humanismos europeos –el humanismo es un fenómeno repetido y sintomático de la nostalgia europea por el mundo antiguo no es su afán arqueológico, su minuciosidad en el estudio del pasado, sino el afán de comprender el presente mediante una reinterpretación más histórica y más entusiasta del mundo clásico. Y ha sido siempre el anhelo de utilizar ese pasado como un modelo para engrandecer el presente lo que ha dado su vitalidad a esos períodos. (Tanto el Renacimiento italiano como la Ilustración del XVIII y el movimiento intelectual de los filólogos alemanes a comienzos del siglo, el llamado Tercer Humanismo por Werner Jaeger). Y ha sido la especialización y el minucioso empeño arqueológico lo que ha llevado a los humanismos a su ocaso. El humanismo fue siempre un movimiento intelectual y espiritual ilusionado en mejorar el presente mediante la esforzada comprensión del mundo clásico antiguo, mediante esas “humanidades”. Y manteniendo aparte dogmatismos, logomaquias jurídicas, y saberes teológicos, gracias a una vuelta a la lectura y reflexión sobre los textos clásicos.

Hoy estamos más cerca de una turbia Baja Edad Media que de cualquier humanismo, desde luego. Pero pensamos que no hay ningún otro estudio que ilustre de un modo tan atractivo, y a la vez en profundidad, sobre cómo es el ser histórico del hombre como esas humanidades que los estudian en su historia, su arte, sus mejores textos, a través de una perspectiva de siglos. Mediante el aprendizaje de otras lenguas, otras literaturas, otras poéticas incluso, podemos hacernos una idea suficiente de cuán amplia es la imaginación del ser humano, cuán libre y cuán condicionada su capacidad de sentir, pensar y vivir. Es decir, son las Humanidades cuando se estudian con rigor y método a fondo y con teñaz empeño las que ofrecen una base más sólida para intentar formar en libertad, sin prejuicios, más allá de las ortodoxias religiosas, el espíritu (eso que tan vagamente me gusta seguir llamando así) del individuo moderno y posmoderno.”

Texto aparecido, sin título ni autor, en el examen de Lengua de Selectividad en Aragón en 2000

LA CUESTIÓN DEL LENGUAJE.

La idea de que el ser humano no es igual que otros seres de la naturaleza en función de su capacidad de lenguaje, goza hoy de una total unanimidad. Dotado del imperativo del habla, el ser humano tendría que hablar para realizar su humanidad. Ser hombre casi no significaría otra cosa que ser hablante: un «animal de lenguaje», en palabras de George Steiner. Pero ya Walter Benjamin, antes que Steiner, había visto en la lengua la esencia espiritual del hombre; poco después, Heidegger, en su Introducción a la metafísica, aseguraría que en el fondo de su esencia el hombre «es un hablador, es el hablador». Para el filósofo alemán, esto sería precisamente lo que constituye su excelencia y su miseria: excelencia que lo distingue de las piedras, las plantas y los animales, y miseria que lo distingue de los dioses. Una tal concepción de la lingüisticidad originaria del estar-en-el-mundo del hombre parece coincidir en buena parte con la contenida en el relato bíblico de la creación del mundo. En efecto, según el Génesis, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza para que señorease sobre toda la naturaleza. La tradición bíblica le otorga así al hombre esa excelencia sobre piedras, plantas y animales que Heidegger iba a constatar también siglos más tarde:

Y dijo Dios: «Hagamos un hombre a nuestra imagen y semejanza, y señoree sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre el ganado, sobre toda la tierra, sobre todo insecto y sobre todo reptil del suelo» (Génesis, 1, 26).

En el segundo relato de la creación (capítulo 2 del Génesis) la excelencia humana se ve incrementada por el hecho, bien advertido por Walter Benjamín, de que en él —y a diferencia de lo que ocurre en el texto que acaba de transcribirse— Dios no crea al hombre por medio de un acto verbal, sino que lo forma «del polvo de la tierra» insuflando en sus fosas nasales «aliento de vida» (2, 7). Es precisamente a este hombre que, a diferencia del resto de la creación, no es creado por la palabra al que en el mismo relato le confiere Dios el poder de nombrar a la naturaleza, alzándolo así por encima de ella: «A la sazón Dios el Eterno había formado, de la tierra, todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los trajo ante el hombre para que les diese nombres» (2, 19).

El relato bíblico deja, pues, firmemente establecida, frente a lo que es habitual en las comprensiones míticas del mundo, la diferencia entre lenguaje y realidad, entre el signo y lo designado y, por tanto, el carácter simbólicamente mediado de la relación del hombre con el mundo. Y deja también clara la estricta humanidad del lenguaje con que el hombre nombra a la naturaleza: Dios, que ha dejado al ser humano en medio de una naturaleza dada, no le ha dado en cambio una lengua ya hecha con la que referirse a ella, sino que, simplemente, le ha otorgado la capacidad de hablar y ha puesto delante de sus ojos el mundo para que con esa capacidad lo nombre y, por tanto, se señoree sobre él. Que el Dios bíblico no interviene para nada en la creación estrictamente humana del lenguaje se pone de manifiesto en la rotundidad con que el Génesis atribuye al hombre la entera responsabilidad en la elección de los nombres: «y tal como el hombre denominó a cada ser viviente ése fue su nombre» (2, 19).

Sultana Wahnón, Lenguaje y literatura, Barcelona, Octaedro, 1995.


Una respuesta

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  1. eva said, on 22 abril 2014 at 11:51

    Tu blog es muy muy bueno. Increíblemente bueno.


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